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viernes, 15 de julio de 2011

sĄncTasaлctóЯum





Algo corre entre ellos, un intercambio de figuras como líneas que se unen, en un instante, y en todas las combinaciones. Agotados personajes caminan por las calles sin conocerse. La ciudad no los deja verse; al cruzarse se imaginan mil cosas que podrían pasar entre ellos: conversaciones, encuentros, sorpresas, caricias, besos, bofetadas... pero las miradas no se encuentran, las miradas huyen, no se detienen, no se rozan siquiera. Tampoco la ciudad se deja ver.
En cada lugar de ella  se podría sucesivamente dormir, fabricar herramientas, cocinar, acumular oro, desvestirse, vender, orar, amar, consultar los oráculos, nacer, morir y renacer. Podría estar abandonada o habitada a cualquier hora sin que nadie se mirase, sin tratarse, sin alzar los ojos siquiera. Es una ciudad de sueños, ningún ojo alerta en la vigilia la contempla, una telaraña suspendida sobre el abismo o una ciudad bidimensional, acaso solo vigente en un mundo paralelo.
            En su convivencia se consumen las horas y los días cuidando al tesoro de la noche.
            No se sabe desde cuando existe, mas en ella no vive o sucede nada que no se repita, porque aunque ciega la ciudad fue construida de manera que cada una de sus líneas se reflejara en un espejo.
            Los habitantes de la ciudad saben que sus actos son al mismo tiempo el acto y la especulación de haberlo realizado. No hay miradas que lo certifiquen. Por ello, la noche en su ritual es imperecedera, la abarca y la sostiene. Una vibración curiosa mueve a la ciudad o a su reflejo. Hasta ahora nadie ha sabido nunca cuál de las imágenes es la real, cuáles los reflejos. Cuál el acto inicial del movimiento y cuál la consecuencia. No todo lo que parece valer resiste fuera del espejo.
            Todo esta expuesto al septentrión, a la sombra. Nada es igual, todo es simétrico. No se debe confundir nunca las palabras con que se describe , con los fonemas que la nombran. ¡No se debe!... 
            Las despedidas se desenvuelven en silencio, con ciegas lágrimas. Después alguien puede decirte si tu sueño corresponde a la verdad;  sólo después de haberla abandonado. Nadie  ha descubierto aun su secreto, es una ciudad de despedidas, no de retornos.
            Se dice que tan sólo un hombre en su último sueño logró descifrarla. En su último sueño, aquel último hombre logró verla en un reflejo elusivo, mas no pudo nombrarla. No tuvo tiempo...
            De ese hombre no quedo mucho, sólo una biblioteca de recuerdo, una epístola, un mandamiento. En la ciudad que no se deja ver no quedan rastros de aquel maestro.
Se dice que cada tanto regresa a habitarla, discurre entre aquellas miradas sin remedio y con sobrios hábitos pretende hacerse entender.
No existe ninguna seguridad sobre su existencia, sólo la certeza de sus signos. Algunos afirman que las veces que se presentó en la ciudad, y en sus libros, su nombre señaló un signo  como éste: 
alfa-y-omega-selah-com-ar.jpg

miércoles, 22 de junio de 2011

Vanidad... Vanity...Vanité...

Reedición



El gran Visir posee un libro donde están delicadamente dibujadas las ciudades del reino. Palacio por palacio, templo por templo, calle por calle...
El libro contiene también los mapas de las ciudades prometidas, pensadas una y mil veces y todavía no descubiertas. También contiene los dibujos de las plazas, los ríos, las murallas, las tiendas, las casas, los cementerios, las rutas de las que quedaran definitivamente infundadas.
Todas han sido soñadas y plasmadas en el terso papel de seda. Tan lastimeramente iguales, tan incomunicadas en el apretujón de la tinta. Tan petulantes de mármol y arabescos, y a la vez tan tímidas y orgullosas.
Esos dibujos ciudadanos son la traducción en tinta y pluma del ánimo de su hacedor: fatalmente vanidoso.
A despecho de la humillación transitoria de sus despertares sin nuevas conquistas, el gran Visir ha preguntado una y mil veces más a oráculos, sacerdotisas y magos, cuál de sus futuros lo impulsará con vientos propicios. Todo ha sido en vano. Hasta ahora ningún vaticinio le ha otorgado ser el dueño del orden nuevo del mundo; orden que por otra parte él mismo ha perturbado.
En las tardes de buen clima le parece –a veces- que alguna voz le llega lejana. Entonces presiente que su convivencia humana ha llegado al extremo de un ciclo, pero le resulta imposible imaginar la nueva forma que adoptará.
En realidad no es menester que lo apuntalen otras realidades. El se sabe la sombra de una memoria, ejerciendo la imagen de este ahora. Como el polvo incalculable que fue ejércitos, como los rostros de las largas migraciones, como cada gota de agua en la clepsidra, y los días en que ninguno fue primero… él se sabe sueño... Mas las frágiles nieblas de los años le han convertido en chamusquina muchos de sus recuerdos.
Ser una cosa es inexorablemente no ser otra. La intuición confusa de esa verdad es la que lo induce a soñar, congregando los miles de rostros que un hombre sabe, sin saber, después de los años.
Cuando nuevamente despierte creerá recordar frases y actos quizá solo pensados, y tomará nuevamente la pluma y agregará otro soberbio dibujo filigranado en su libro.
Mientras tanto, secreta en su porvenir, lo espera una lúcida noche fundamental, en la que su luna se convertirá en la misma que miraran los caldeos,   el tiempo circular será el de los propios estoicos, y en su boca cobijará la moneda del que ha muerto.
Pudiera ser también que las esfinges, los grifos, los dragones, las quimeras, las hidras, los nenúfares, los basilisco, los unicornios... volvieran a tomar posesión de su reino.


©®  Susana Inés Nicolini
Sue_*
#SafeCreative  

jueves, 16 de junio de 2011

de Cenizas...





Sólo por los informes he conseguido discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapa a las mordeduras de las termitas. Sé -ignoro las razones de tal conocimiento- que hay un momento que sucede al orgullo de la desmesura de la conquista, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a la vastedad de los territorios, a conocerlos y a comprenderlos. Es una sensación que me acomete de noche, junto con el aroma que hoy emula al de la mirra desde la piedras humeantes en el cuenco sagrado de alabastro; de la ceniza del sándalo que se enfría en los braseros en las casas de los que ya no conozco pero aún me pertenecen.  Un vértigo que tiembla desde las montañas y los ríos historiados en la leonada grupa de los mapas, desmañado el lacre de los sellos reales, enrollados en despachos de quienes jamás me han conocido.
            He partido de allí y andado jornada tras jornada hacia el levante. He transitado la ciudad de las nueve cúpulas de plata, con estatuas hechas para todos los dioses, y los gallos de oro y los escarabajos de azabache.
            He llegado una noche de junio, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas a la vez; mas también, mucho antes,  he visto desde una terraza una noche como ésta o he creído haber vivido una noche igual, y aquella vez haber sido feliz.
            Ya no sé…, aquí puedo hablar de dos maneras, y entre ambas entiendo, pero no puedo verme en el foso cuyas aguas alimentan los cuatro canales verdes que atraviesan la ciudad, ni en cada morada donde las familias intercambian satisfechas astrolabios y amatistas, como si de ellos tuvieran   la exclusividad.
            Es esta una ciudad para hacer cálculos, y de estos datos intentar saber todo lo que se quiera sobre el pasado y el futuro.  Alguien me condujo hasta aquí, podría asegurar que fue un camellero.  Estoy segura que llegué joven porque hasta entonces yo sólo había conocido el desierto y las rutas de las caravanas.
            La ciudad no está hecha de eso que repaso, pero ya sé  que decirle a alguien cuantos peldaños había en la entrada de los templos, en las escaleras de las calles, de qué tipo eran los arcos de sus soportales, o con qué  se cubrían los techos, sería como no decirle nada.
            La ciudad no esta hecha de eso, no, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado.  Tampoco se parece a la ciudad de mis manuscritos y sin embargo un eco de aquellos libros que la contaban persiste en su suave misterio.
            Amarillo y rosado. Piedra y arena aún amenazan los pies que la cruzan, desde las huellas implacablemente borradas de las procesiones.
            En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad me embebe, como una esponja que se dilata… como una torpe ráfaga de aliento que intenta enarcar mi pecho, sin lograrlo. Mas esta muda violencia despierta una reacción de orgullo.  Será la conciencia de enfrentar al vacío, de hacer una marca en el pedernal, ser una luz en la sombra, el propósito de una palabra,  una voz en el interminable silencio…
            De todos modos, aún desconociéndola, en los caminos percibo la misma sensación intoxicante de avanzar por un cauce en la nada, siempre obligada a no apartarme del Nilo protector, ni del botero que desliza la nave vestido con una larga túnica, y la impulsa con  una pértiga, inclinando hacia mí su cabeza.
            Desde aquí el mar de Homero es inconcebible, y sin embargo cierto.
            He proyectado la idea de que no soy mas que un  pensamiento, o muchos de ellos, y de que partí una y mil veces para volver en la futilidad del humano…, en la ambigüedad de la trascendencia. La ciudad es mi cómplice.
            Me ha hecho saber que quien se encuentra una mañana en medio de ella despierta en sus deseos y lo rodean. Tal poder, que engañosa detenta, es por donde el afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas de ella, cuando en realidad eres su esclavo.
            La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas arenosas, en los nichos de los ladrillos milenarios, en los túneles estrechos, en los pasamanos, en el ónix y  ágatas tallados de arañazos, en los trazos sempiternos de sus signos.
Es acaso una extraña permanencia, una obstinación en la corriente de los soles y las lunas, esa antinomia favorita. 
Es como la niebla intemporal de lo auténtico. Por ser inconcebible es necesaria, mas ni siquiera busca la posibilidad de justificarse . Ni deberes ni fines significan nada para ella. Es vértigo y deseo. Se realiza en el mundo con sólo abolirlo.
Sin embargo, siento necesario que me preconice en ella, en esta encabalgadura de los siglos. Quizás porque, paradójicamente, ella me halla creado…, y por eso  he vuelto, ahora que ya no hay un horizonte, sólo un matiz que separa la tierra del cielo. 

sábado, 28 de mayo de 2011

iLﻦkﻜori∆

La Ciudad y la ilusión 
(de mis saga:Ciudades Transparentes)

_¡Has llegado ! 
_Te esperaba -me dijo esa voz profunda-
_Cargas quizá con mucho más que la arena necesaria. Acaso eso te haya demorado tantas veces  –agregó, para luego seguir hablándome sin detenerse.
El que te vea hoy, aquí,  conmigo, sólo comprende el efímero presente. Está equivocado.
Yo soy la ciudad de las viejas postales, las que me representan como ya no existo, como era antes, porque para no decepcionar a mis habitantes hace falta que el viajero me elogie como a aquella de las tarjetas, cuidándose de mantener dentro de los límites posibles la pesadumbre ante mis cambios.  Hay que cuidarse de mencionarles que a través de lo que he llegado a ser puede evocarse, con nostalgia, lo que fui.
Tan solo tú me ves de verdad. Yo te he convocado en complicidad con la perífrasis del tiempo y la memoria.
No digas que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre; que nacen y mueren sin conocerse, incomunicables entre si. Y que en ocasiones hasta las voces y las facciones de sus habitantes permanecen iguales, aunque los dioses que habitaban allí se hayan marchado sin decir nada, y en su lugar dioses extranjeros representen otra ciudad que por casualidad se llama como la anterior. No, no lo digas.
Sabes, a veces imagino las formas que hubiese llegado a tener si por otro albur no me hubiera convertido en esta.
En el mapa de tu imperio deberás encontrar el sitio de aquella ciudad real. No porque hoy yo no lo sea, sino porque como todas las ciudades soy una suposición. La verdad me encierra y por unos instantes me imaginan posible y un minuto después ya dejé de serlo.
A través del tiempo aprendí que el hombre camina día tras día entre los árboles y las rocas. Rara vez detiene su mirada en una cosa. Sólo cuando la ha reconocido como signo de otra: el arañazo en un árbol señala el paso de un tigre, la huella en la arena el camino de la caravana, la obscura nube la cercanía de la tormenta. Todo el resto del mundo es incambiable. El árbol y la roca son lo que son. La ciudad y su gente una apretada envoltura de símbolos que el azar ha dispuesto. El ojo no ve cosas, sino figuras de cosas que significan otras cosas. La mirada humana me recorre como páginas escritas y, como otras,  yo manejo todo, digo todo, y el ojo retiene los signos con que me defino  a mi misma.
Las ciudades somos redundantes. Nos repetimos para que algo llegue a fijarse en la mente del hombre. Cada una de nosotras dibuja tatuajes en la memoria.
La memoria también es redundante. Repite los signos para que cada ciudad empiece  existir.  El hombre sabio reconoce cada uno de ellos .
Para ti ya no puedo esconderme, en todo caso debo esconderme en ti para que el hombre no sufra, para que a través de su memoria repita lo que será.
Mi ruta no está marcada, sólo tu me  ostentas... y me ocultas..., tras el velo de los ojos matizados de misterio. A veces ahítos de sueños, otras vacíos de arquetipos filiformes, en la zona más luminosa acaso de un mero libro, o de una inextricable obra de arte.
Ya no te será necesario que trates de comprender mis señales. Sólo el hombre que viaja y no conoce todavía la ciudad que le espera se pregunta por ellos: cómo será su templo, su casa real, su calabozo, el molino, el teatro y la estatua de su Dios. Mas cuando llega, como lo has hecho tu, la ciudad es quien conforma esa hipótesis, la que traes en la mente, hecha sólo de diferencias, sin figuras ni formas. Es entonces la ciudad la que rellena tus espacios particulares y te adopta.
Los sueños componen la obra o el azar aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas y cada cosa esconda otra. Los acertijos te subyugan. No tiene sentido tratar de adivinarlos, son los deseos o los temores los que dan forma a sus mutaciones, los que logran borrar tu ciudad o son borradas por ella. Todo el resto se te hace invisible.
Aquí, como en todas partes, las vidas secretas y aventureras están expuestas a mayores constricciones. A veces la línea más breve entre dos puntos nos es una recta, sino un zigzag ramificado en tortuosas variantes. Cada ciudad y su habitante se permiten cada día el placer del nuevo itinerario, acaso para ir a los mismos lugares, y así como hay calles a la vista, la compacidad de la ciudad y su habitante es también perforada por la aureola de galerías subterráneas. 
A veces un mapa se traza indicado con tintas de diferentes colores, sólidos, líquidos, patentes u ocultos. Parábolas invisibles que desvían los caminos engañando. Remontar el espiral, rozar el pináculo se hace difícil. No obstante algo domina desde cada punto los senderos del aire. Alas quietas trazando espirales.
De nada valdrá negarse, tus pasos no persiguen lo que está fuera de los ojos, sino dentro, sepulto y borrado. Aquel espacio donde dibujaste recorridos entre dos puntos suspendidos en el vacío.
Cada ciudad es diferente: una es para aquel que pasa sin entrar, y otra para el que está preso en ella y no logra salir.  Una es la ciudad a la que se  llega por primera vez, y otra la que se deja para no volver.
Pero la ciudad, desde su paisaje esencial, imanta miradas, pensamientos e ilusiones, cual multiformes tesoros de un reino. Cuando la aprendes, irremisiblemente te conquista. En realidad, en este punto, ya ha abandonado las apariencias ilusorias y lo que te ofrece es una alternativa inexorable. Acaso, una victoria que has dejado de obtener en otro tiempo.
Si tu me has encontrado, entonces ve y vuelve, sale y entra cuantas veces lo desees, al fin es la misma cosa. El misterio de la eternidad, el regreso de las golondrinas, la indulgencia de la ola hecha onda, que más da si el mundo revelado tiene que callar para ser oído...
Si tu me has encontrado, ya no me desconocerás..., entra y sale, ve y vuelve cuantas veces quieras, si al fin soy ilusión, tal vez la mejor de las realidades posibles

sábado, 23 de abril de 2011

ΞXICXξ

Reedición
ΞXICXξ ... otra de mis Ciudades Transparentes


La pululación, el gentío, el distraído trajín, las hebras esplendorosas de los tapices, los rebuznos de los mulos, las manchas de humo, el olor del pescado fritándose, el té que humea en una taza, los retazos arrugados  de las poltronas, los colores de las cintas en las cabelleras, las sinuosas líneas del traje de las muchachas, el duro cuero que sostiene las espadas envainadas, las máscaras de los capiteles, las voces inaudibles de los coros, las chabolas, los parapentes, las angulares esquinas, las rectas avenidas, las semillas de naranja, las vides, las huestes macilentas, las caravanas lejanas, la anterior vida de los pobladores... la ciudad integra va camino a otra, mutando sobre la relación misteriosa de otro cielo estrellado. Hacia una forma plausible de construcción que el devenir aún no ha establecido y el que sigue interrogando al oráculo.
Busca una órbita nueva, un diseño más aproximado a lo que desea, un mundo más cercano al cielo, y menos a ésta nube de polvo, a éstos incendios, a estos gritos en la oscuridad.
El catálogo de formas en las que elige es interminable, las estructuras agotan sus variaciones y se rehacen, comienzan con el fin de las ciudades. Retículas sin fin en donde reproducirse y deshacerse una y otra vez.  Hasta que cada diseño no haya encontrado su ciudad, seguirá renaciendo.
Mas en la hora que el siglo de la rata termine y comience el de la golondrina, una realidad nueva inundará el orbe de ΞXICXξ
La ciudad estará cambiada sin duda, y acaso, para mejor...
El Rey Chamán ha dicho que las alas que ha visto volar son los paraguas desconfiados bajo los cuales miles de párpados pesados bajarán las miradas, gente que creyendo volar apenas alzaron del suelo.
¿Se equivoca el oráculo?, ¿El sueño del Rey es infiel a la verdad?... no necesariamente.
Quizás todo consista en saber qué palabras pronunciar, qué gestos realizar, qué orden elaborar, qué ritmo manifestar y hacerlo de ese modo en ese momento.
No obstante, es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin darle demasiada importancia, sin la pretensión de estar realizando una operación decisiva, teniendo en cuenta que de un momento a otro ΞXICXξ puede cambiar el tiempo de su relación, y mutar nuevamente, yéndose hacia otro cielo más estrellado. 

sábado, 26 de febrero de 2011

Bess-elea


Bess-elea, una de mis Ciudades Transparentes

Después del crepúsculo vuelven las livianas embarcaciones que dan vueltas y vueltas impulsadas por largos remos. A esa hora se descargan las cestas con objetos en la plaza del mercado. Entonces los balcones, las glorietas, las cúpulas, los campanarios, los jardines, todos verdean en el gris de la laguna.
Bess-elea es la capital de depuestas dinastías. En el principio de su tiempo una mísera línea englobaba los confines de sus territorios, comarcas semidesiertas, escasas aldeas de raídas cabañas, poblaciones enflaquecidas soñaban con bosques de manzanas maduras, de cortezas amplias, de carnes asándose, de vetas manando centelleantes.
En los siglos de degradación en los que quedó vaciada por las pestes, disminuida por los derrumbes, los desmoronamientos de tierra, oxidada y obstruida cuando los capiteles cayeron de lo alto de las columnas, hordas de ratones bullían pervivos, movidos por la pasión de roer, y también de juntar restos y remendar,  y en su antiguo nombre dejó de ser la mariposa suntuosa que brotaba entre la abundancia.
Sólo algunos hombres fragmentados, compactando sus cuerpos semivivientes con sus olores y su respiración, concibieron rearmarla con los pedazos heterogéneos de la ciudad inservible. La hicieron de sobrevivencia, de cacharros y cuchitriles, de charcos e infección, tratando de imitar a la primera como modelo inigualable. A través de escasas memorias quisieron recomponer una ciudad de la cual ya nadie sabía nada.
En ese atasco de pasado, presente y futuro que bloquea las existencias calcificadas en la ilusión, el humo opaco no se dispersa y se estanca sobre los tejados, como una infernal proyección de la capa de miasmas que pesa sobre las calles, remitiendo a otra visión. Son los fragmentos de esplendor que se han salvado, adaptándose a tareas más oscuras, más desplazadas, más inauditas.
Ahora muchas estaciones de abundancia la han colmado. Bess-elea es hoy la capital de un imperio cubierto de ciudades que pesan sobre la tierra, y sobre los hombres, complicados en jerarquías, ornamentos y misiones;  un orbe abarrotado, hinchado, tenso, turbio.
Bess-elea es la imagen que la tradición divulga, es la de una ciudad de oro macizo, con pernos de plata y puertas de diamante. Una ciudad joya, toda omnipotencia y engarces.
Esta ciudad gloriosa tiene una historia atormentada.
Atenta a acumular los quilates de su perfección cree virtud aquello que es ahora una oscura obsesión por llenar el vacío de si misma.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Bess-elea: que odian la verdad, que la respetan al punto de evitar todo contacto con ella, que la aman tal como sólo ellos la conocieron una vez y permanecen fascinados contemplando su ausencia.
El orden de sucesión de las eras se ha perdido, y Bess-elea parece una ciudad continua de un lado y otro, de un anverso y un reverso, como una hoja de papel, con una figura de un lado y otra del lado opuesto,  que no pueden desplegarse ni mirarse.
 Tal vez del mundo haya quedado un terreno baldío, cubierto de inmundicias, y un jardín colgante en un palacio. Tal vez sean nuestros párpados que los separan. Lo cierto es que no sabemos cuando es que ellos están abiertos o cerrados.