lunes, 2 de febrero de 2015

fantôme de la nuit



Un trueno. Una metamorfosis.
Un cuchillo desnudo que brincó
hasta tus colmillos y partió la tierra
con rugidos.
Entre espasmos de luz yo vi el silencio.
Es aquello hacia lo que divagas. Lo que observas
y se ensancha en tu interior
y hace caer las estrellas
portando obsequios del infierno
que arroja un respirar, algunas sombras,
una última palabra que no es visible
por ningún Edén.
No emerjas. Sigue bramando por la
sangre de tu amada eterna.
Quédate en las bocas de los perdidos
que aun te sueñan. Teme al amanecer
como se teme a la vida. Para entrar
detrás del muro debes dejarte a ti mismo
convertido en polvo o en vampiro.

©® Susana Inés Nicolini
Sue_* 2015

(Pintura: Clifford Still ) 

jueves, 20 de noviembre de 2014

resurrección



La emoción rechazada es hija de la noche
Sigmund Freud


El rugido apareció de pronto. Un sismo, una confusión, un recuerdo. La noche relampagueó.
Si hubiese estado de mejor talante habría disfrutado esa noche: finales de marzo, un aire con perfume a blusa blanca transparente y a largo cabello lacio.  Una ronda de perlas azabache, una mano delgada y más allá el puente.
No fue un  paseo lo que se dice descansado y bucólico. Caminar contando las baldosas faltantes me ayudó a distraerme de la angustia. No intercambiamos más de tres palabras en todo el trayecto. Pero estaba a mi lado, en silencio, y me hacía bien.
Repasé todo de nuevo; las columnas de cemento y las manchas de aceite. Los coches silenciosos, imponentes, brillantes. Me paré para tomar aire. Encendimos cigarrillos. Se sentó en la baranda, lejos de mí, estrechando sus brazos para protegerse del frío. La cabeza inclinada para que no le entrara el humo en los ojos. No dijo ni una palabra mientras desgrané mi letanía de dolor y proclamé mi culpa. Terminó el soliloquio y esperé una reacción. Nada.
Apagamos los cigarrillos y nos giramos para mirarnos. Ella mantuvo los ojos fijos en mí, y no encontré en ellos nada que no hubiese presentido: fortaleza, sensatez, tranquila aceptación.
Pensé en ese momento que quizá todos fuésemos creados iguales ante Dios, pero hay seres que poseen cualidades propias. La personalidad humana cubre una amplia gama, desde el imbécil hasta el santo. Pero ante ella, por primera vez, cobraba conciencia, irremediablemente, de que era alguien superior. Eso me hizo sentir vergüenza, yo sufría tan íntimamente, que tuve la necesidad de decir algo torpe, chocante.
No me salió. Me atraganté con las palabras y no pude contenerme, y lloré, lloré por todos los míseros, insignificantes bobos del mundo. Por todos nosotros. Los fracasados. Los insulsos.
Me estrechó contra su pecho, me acarició el pelo, me besó los dedos, me rozó los labios. Me apretó hasta que dejé de sacudirme, con la cabeza apoyada en su pecho tibio.  Me meció un poco, como una madre a un bebé. Otra vez ese olor suave, cálido, aromático, y mi nariz hincó su cuello, y besé su piel suave.
Cuando la mordí fue como morderme a mi mismo. Fue una extraña experiencia, pero fue así. Yo era ella, ella era yo. La paz…una paz absoluta.
Todo transcurrió mansamente, el silencio y la sensación de que ya no estaba en el mundo, y la percepción de que toda la tierra estaba encima de nosotros, y la idea de que estábamos en un ataúd, en una caverna, un túnel, un útero.

©®Susana Inés Nicolini

Sue_*
#SafeCreative


Fotografía: Vadim Stein


jueves, 9 de octubre de 2014

cuéntame




Cuéntame…dime cómo puedo huir de tus pestañas
cómo puedo dejar de volver la cabeza
y encontrar tu mirada en cualquier punto donde la detenga.
Cuéntame cómo puedo dejar de temblar con el roce de tu mano.
Cuéntame…dime, cómo puedo no caer en ti, sobre ti, en tus gestos,
cómo puedo arrancar mi aliento de tu pecho,
cuéntame cómo puedo apartar éste corazón
que se me ha azulejado a tu piel.
Cuéntame cómo puedo renunciar al aliento entre cortado,
al gemido roto y mudo, a estas manos soldadas.
Cuéntamelo mientras hallas el valor de acercarte
por la espalda, como tantas veces,
cuéntamelo mientras me muerdes la nuca,
dímelo mientras mis pezones llenan el espacio
que queda entre tus dedos,
mientras me arrancas a mordiscos éste deseo
y ésta fatua tentación de seguir ansiando
lo que ahora ya no es tentación porque es pecado.
Y báñame, empápame, con el agua bendita de tus besos,
y consuma.... consuma esta prohibición,
hasta que nosotros mismos la impidamos,
como si hubiera dejado de ser nuestra
con esa fuerza de lo que excede, de lo incontenible,
como si fuera una pasión ajena que toma todo,
que posee todo,
lo que esté entre tu cabeza y mi pecho.


©® Susana Inés Nicolini
Sue_*
#SafeCreative

(Pintura: Ida Ambrosio)

sábado, 6 de abril de 2013

Aksallah

La pululación, el gentío, el distraído trajín, las hebras esplendorosas de los tapices, los rebuznos de los mulos, las manchas de humo, el olor del pescado fritándose, el té que humea en una taza, los retazos arrugados de las poltronas, los colores de las cintas en las cabelleras, las sinuosas líneas del traje de las muchachas, el duro cuero que sostiene las espadas envainadas, las máscaras de los capiteles, las voces inaudibles de los coros, las chabolas, los parapentes, las angulares esquinas, las rectas avenidas, las semillas de naranja, las vides, las huestes macilentas, las caravanas lejanas, la anterior vida de los pobladores... la ciudad integra va camino a otra, mutando sobre la relación misteriosa de otro cielo estrellado. Hacia una forma plausible de construcción que el devenir aún no ha establecido y que sigue interrogando al oráculo. Busca una órbita nueva, un diseño más aproximado a lo que desea, un mundo más cercano al cielo, y menos a ésta nube de polvo, a éstos incendios, a éstos derrumbes, a estos gritos en la oscuridad.
El catálogo de formas en las que elige es interminable, las estructuras agotan sus variaciones y se rehacen, comienzan con el fin de las ciudades. Retículas sin fin en donde reproducirse y deshacerse una y otra vez. Hasta que cada diseño no haya encontrado su ciudad, seguirá renaciendo.
Mas en la hora en que el siglo  de la golondrina comience, una realidad nueva inundará el orbe de Aksallah. La ciudad estará cambiada sin duda, y acaso, para mejor... acaso...

El Rey Chamán ha dicho que las alas que ha visto volar son los paraguas desconfiados bajo los cuales miles de párpados pesados bajarán las miradas, gente que creyendo volar apenas alzaron del suelo. ¿Se equivoca el oráculo?, ¿El sueño del Rey es infiel a la verdad?... no necesariamente.

Quizás todo consista en saber qué palabras pronunciar, qué gestos realizar, qué orden elaborar, qué ritmo manifestar y hacerlo de ese modo en un momento ideal. No obstante, es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin darle demasiada importancia, sin la pretensión de estar realizando una operación decisiva, teniendo en cuenta que de un momento a otro Aksallah puede cambiar el tiempo de su relación, y mutar nuevamente, yéndose hacia otro cielo más estrellado.

©® Susana Inés Nicolini
(Todos los derechos reservados)

(de mi saga: Ciudades santas, Ciudades diablas)

miércoles, 20 de junio de 2012

La sombra del ángel (2da. parte)




Los sueños han sido siempre un factor sobresaliente en toda la cuestión gótica. El maquillaje con tintes “mortuorios” de algunos personajes del cine gótico, nos hace rememorar, no pocas veces, a las pesadillas más terribles. Asimismo, en la estética gótica se reproduce como ícono, reiteradamente, uno de los motivos más movilizadores de sueños y desvelos en todos los seres humanos: la muerte.
Generalmente representada con ropajes negros, en contadas oportunidades vestida de blanco, la fascinación aterradora que provoca ha hecho correr ríos de tinta y kilómetros de film, en libros y películas que recurren a la exacerbación de los sentidos a través del miedo ante esa figura desconocida y espeluznante.
Ese miedo inevitable, o curiosidad morbosa, convirtió a un fenómeno psicológico (el Thánatos) en el leitmotiv de incontables obras.
Los sueños (“esas imágenes que desfilan en las paredes de nuestras células solitarias”), representan, para muchos de nosotros con alguna orientación mística, la puerta a un “otro despertar” donde diversas dimensiones se abren a nuestro conocimiento y nuestros sentidos que se hallarán durante los mismos, paradojalmente, “muy despiertos”.
Dicha incitación, casi mágica, ha sido utilizada por numerosos hombres de literatura, cineastas, músicos, y todo tipo de artistas a fin de “despertar” su sensible creatividad.
Sueños dormidos, sueños lúcidos, alucinaciones, viajes mentales, inducciones con químicos o con productos naturales, y muchas otras variables han sido atravesadas desde le fondo de los tiempos para conocer algo más del “más allá”. Ese interés mórbido sobre experiencias buscadas y temidas al mismo tiempo, fueron en muchos casos las musas de magníficos artistas de todas las áreas de la cultura, como Van Gogh, Poe, Baudelaire, Chopin, Liszt, Rachmaninov, Morrison, Lovecraft, Scott, Bowie, Le Fanu, Van Eyck.… y cientos más que abrevaron en las aguas fantasmales de lo onírico para dar a luz muchas de sus magnificas creaciones góticas.
Artistas, políticos, científicos, filósofos, psicólogos... hombres de todos los días…han tenido y seguirán teniendo una expectativa sobre la interpretación de esos mensajes metafísicos.
Como dije, uno de los temas más utilizados en la cuestión gótica, han sido y serán los sueños y su órbita tremendamente hipnótica y seductora. La lucha entre “la gran bestia” y el "mesías mundano” que todos llevamos dentro ha sido permanentemente uno de los territorios tabúes que, más allá de cualquier orientación psicológica, filosófica, y/o religiosa, ha trazado un invariable paralelo entre la veneración profana y la espiritualidad más ortodoxa, en medio de un mundo que se debate, día a día, entre la sombra del ángel y el ángel mismo. Un mundo que parece derrumbarse frente a la tormenta de “hechizos” sexuales, polvo blanco, humo y alcohol.
Mundo, que según los críticos mas severos, se hace más tenebroso y temible y que “opera en el lado equivocado del cerebro”…, como si el ADN de la humanidad estuviera ineluctablemente condenado a ocupar la tumba de un suicida.


©® y RNPI de Susana Inés Nicolini 


martes, 12 de junio de 2012

La sombra del ángel (1ra.parte)







Desde el origen de los tiempos, el ser humano ha sentido una extraña, callada, y temida atracción por los aspectos más oscuros de la existencia. El dolor, la sexualidad, la muerte, la locura, en suma lo macabro, lo inefable de la mismidad, han determinado de uno u otro modo, alguno de esos aspectos en el interior de cada uno.
Dentro de la cultura inserta en nuestra sociedad se nos ha determinado cómo "debemos" ser, qué nos tiene que gustar, qué podemos decir y qué no... Se nos determinó "la verguenza" y "lo inconveniente", lo bueno, lo malo, lo lindo, lo feo. Es la sombra del ángel, que convierte la mirada sobre lo "diferente" en un extraño e inquietante sentimiento que, como en los cuentos de horror, nos atrae reveladoramente.
La estética gótica es, acaso, el presagio apocaliptico de los tiempos que vivimos.
Es una forma artística cuyas áreas de conocimiento atraviesan desde la música lírica y la historia de fantasmas, hasta la colorida fauna de nuestras ciudades, interpretando mediante una forma saturada de carácter sombrío y grandioso el sonido de la noche, los sueños, la mística, el amor, el dolor, la eternidad…con algunas obras de exquisita melancolía.
Es un “rumor” que cobra credibilidad a medida que se empuñan los días de nuestra historia, con una tradición romántica y decadente, influenciada por el extravagante lord Byron, el instintivo Poe, y el escandaloso Baudelaire.
No obstante, antes…durante mucho tiempo, algunas manifestaciones góticas disfrutaron de respetabilidad, sobre todo las que surgieron durante la época victoriana. En plena gloria del Imperio británico, los cuentos clásicos de fantasmas se leían tradicionalmente en las fiestas navideñas. Un ejemplo del horror británico por excelencia, cuyo carácter tétrico abundaba en sonidos de pisadas sobre pisos chirriantes, a lo largo de incontables bibliotecas, misteriosas mujeres vestidas de negro que desaparecían en la noche detrás de la niebla de los cementerios, los carros fúnebres que corrían “alados” tirados por mansos caballos, mansiones de paredes de madera que escondían secretos familiares insondables, y todo el fuego del cielo que fundía la tierra cuando las tormentas más furiosas azotaban la escena, formando la extendida dialéctica con la que se promovía el horror por aquellos tiempos.
Lo sobrenatural de todo ese bagaje intelectual nos sacude hasta hoy con obras impresionantes que tratan de recrear los pintorescos escalofríos de antaño, sin lograrlo del todo, aun utilizando las modernas técnicas visuales.
(Continuará)

RNPI Susana Inés Nicolini
Hecha la Reserva de todos los derechos.






domingo, 2 de octubre de 2011

Amaré la tarde...

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Yo, que tantas personas he sido, 
no he  sido nunca aquel 
en cuyo amor desfallecía...
JLB.


            La tarde que salí del hospital con mi hija pequeña en los brazos, a salvo de la muerte que pretendió detenerse en su sonrisa a esa edad en la que apenas comenzaba a asirse a la vida, a abrir los ojos; ella que tiene bajo sus pestañas una fuerza cuyo lujo regala sin –a veces- darse cuenta, me sentí  tan inmensamente feliz que engañándome  a mí misma llegué a pensar que este mundo era un lugar perfecto.

            Mas cuando quise reaccionar ya estaba sola recordando, logrando sin querer que mi voz se quebrara por las penas que aun se cuelan por los huecos que deja la llama de la vela,  que apenas ilumina hoy mi cuarto...
            No recuerdo qué día  fue ni qué verano, porque el tiempo se volvió circular. Era ya muy tarde aquella madrugada. Yo no dejaba de mirar la puerta por la que Sergio no aparecía, mientras indagaba con sigilo la calle corriendo apenas las cortinas para que la niña no se despertara. Pero ya se demoraba demasiado, mucho más de los acostumbrado.
            A cada razonamiento lógico que mi mente trataba de imponerme mi organismo respondía con su acostumbrada percepción, instalando mariposas en mi estómago.
            Por fin a eso de las dos, cuando mi desesperación tocaba su punto máximo y no quedaba número telefónico al que no hubiese acudido, alguien llamó a la puerta.  Nada de lo que sucedió después es aún hoy real para mí.
            En los meses posteriores me encontré viviendo una existencia en la que la soledad individual se extendió hasta la nostalgia, transitando una zona brumosa de mí donde la realidad se volvió frágil, el azar se confundió con el destino y todo pareció, en algún momento, volverse posible. También la felicidad.       



Hay mujeres que se acomodan al amor, a la vida, al abandono  o a la muerte con la naturalidad animal con que se entregan al sueño, hasta que un encuentro imprevisto, una conversación ajena, un viaje o una noche de insomnio las sacan del sopor.  Yo fui una de esas...

            En uno de esos veranos que se sucedieron, y en una confitería al aire libre, me crucé con unos ojos que no dejaban de mirarme. Aquellos ojos me invitaban. No puedo recordar si hablamos o no, es posible que ellos se interesaran por mi nombre y yo por el de ellos, es posible que también le preguntara por qué no los había visto hasta entonces por allí y que me informaran que habían estado varios años fuera del país. No, no puedo recordarlo, pero lo que sí recuerdo con nitidez es su persistente mirada que sacó toda la timidez arrebolada en mis mejillas, y cómo de pronto su manos quemaban en las mías.
            Entonces empezamos a ser amigas. Esa forma tan apacible que tenías me invitaba a bombardearte con preguntas. Nos encontrábamos a una hora en que la siesta ya llevaba un rato de estar en el café, y me invitabas a cenar una noche..., y la otra también. Era un ambiente de murmullos y alcohol que formó una reveladora voz en nuestras gargantas. La música del lugar siempre disculpó las conversaciones. Ninguna quería aceptar lo que sabía, sabiendo que la otra también sabía.
            Llegó el rubor de otros días y otras noches  pero nuestra historia no acababa de ser fluida; nada hubiese impedido que hablásemos a las claras. Nada, nada lo impedía. Sin embargo fue siempre aquel encontrarse como al azar, como si ninguna de las dos hubiera calculado el paso que nos acercaba. Y fue esa mudez..., esas frases desarticuladas...
            No recuerdo precisiones porque el tiempo se volvió circular.   Era ya muy tarde aquella madrugada en que yo miraba la puerta por donde debías entrar, como repitiendo una escena conocida, ahora en otro ámbito..., en otro tiempo mío... Al fin llegaste más alegre de lo normal y a mí se me fue iluminando la cara al acercarme sin dejar de mirarte. Yo jugueteaba con un encendedor entre las manos, que me arrebataste como si en ese gesto te asignaras mi propiedad. La música estaba demasiado alta para hablar. Al llegar hasta tu boca leí en tus labios, porque oír era imposible, la única vez que dijiste “te quiero”
            Comencé a temblar y me pasaste tu chaleco beige de cuello redondo, me lo pusiste sobre los hombros, aunque yo sentía de todo menos frío. Me tomaste de la cintura, teníamos las caras secas de tanto humo de cigarrillo, y nos fuimos en tu coche hasta la costa del río.  El amanecer nos sorprendió con lágrimas; necesitábamos tanto la ternura de las palabras que sin saber por qué pronunciábamos. Recuerdo tu coche, aquel tan oscuro como tus ojos . Recuerdo las ventanillas abiertas para que entrara el cri-cri de los grillos y el olor picante de los pinos.
            Nos adivinamos. Nuestro lenguaje fue mucho más allá de la voz.
            Me pasaste la mano por debajo del suéter acariciándome la espalda. Sentí mis músculos contraerse y cómo se arqueaba tu columna al acercarte; las manos se volvieron ambiciosas deseando hacer propios los pequeños mapas de nuestros cuerpos. Entonces la caricia se devoró a sí misma. Nos amamos.  Sellamos lo nuestro llorando en silencio sin apartarnos las miradas. Supimos de antemano que no habría más que esa noche de amorosa ternura consumada, y  el secreto silencio del futuro...

            Luego el tejer recuerdos y amuletos privadísimos que guardé en mi cabeza y en mí corazón, como algo a lo que acudir cuando necesitaba ser rescatada, casi por sortilegio. Saber que estaban allí  siempre y rememorarlos al azar me rescató de la tristeza como enigma insalvable, del peligroso tedio o, en la más inmediata de las posibilidades, de la encrespada cuesta de la soledad. 

            Desde entonces no he conseguido acostumbrarme a tu ausencia. Pero el amor no muere con la muerte, sólo lo mata el desapego. Sería por ello que deseé tener una pena sin pudor para mostrarla. Podía revivirte en el recuerdo sin dejar ningún resquicio de duda a los celos, haciéndolos tan grandes como quisieras. Sí, hubiera deseado más lágrimas si eso te hubiera regresado, a mí y a la humedad de mis almohadas.
            Pasé años deambulando por los acostumbrados bares buscando el antídoto a mi tristeza. No sé en qué momento me llegó una oleada de perfume picante de pinos y un nuevo cri-cri de grillos. Como un resorte comencé a buscar  y a volver mi cabeza de un lado a otro. Entre el bullicio de las mesas vi tus ojos oscuros mirándome. Fuiste vos quien me dijo que estabas casada y con un hijo de dos años. Fuiste vos, fueron tus palabras, porque yo no vi ni oí porque el tiempo, desde entonces, como dije, se ha vuelto loco girando a mi alrededor.
            Aún hoy me pregunto si acaso fue a mí a quien la vida dejó escoger; pero ya ves, nada se puede decidir contra ella. Acaso nunca supe decidir, acaso sigo preguntándome si alguna vez me quisiste.
            Nada ya importa en esta historia que sólo toma sentido cuando la converso con mi sombra..., y pienso en todas estas tardes que he visto perderse tras la luz implacable que rodea las montañas en que nací.  Ellas tan impávidas, voraces, bellísimas. Cada verano llegando desde sus laderas, como una alegoría de la eternidad de una noche que nos tuvo tomados los cuerpos con el brío del amor y sus desacatos. Como ese único y imperecedero verano que languidece entre mis párpados al releer tu pequeño poema de amor:

“ amaré la tarde
la luz
la espiga rubia
el fruto de tus manos amaré
también tus ojos
amaré todo lo que hay que amar
y un poco más
por si no alcanza...” 
                                                                        (siempre tuya, Marie)

 

 

 

       






miércoles, 7 de septiembre de 2011

Supervivencia







Cayó con fuerza. Odiaba la cera con que cada día lustraban en ese lugar. Con su cuerpo extendido cuan largo era colgó el teléfono bruscamente, con la misma incontenible irritación que en los últimos tiempos se lanzaba a correr para levantar el teléfono apenas escuchaba su primer timbre, o cerrar con furia cada puerta por donde se colara una corriente de aire. Al presentarse lo uno o lo otro, una lanceta de frío se le clavaba en la espalda o en el pecho, cortándole un pedazo de vida útil, de ésta vida de terror que llevaba desde que estaba sin familia, en un mundo desconocido, infiriendo siempre el idioma a través de la intuición, de un olor, de una mueca, percibiendo así a estos extraños;  sin embargo entendía el idioma del perfume de un abrazo nocturno, el del amor de los amantes, sin necesidad de otra traducción…

(De vez en cuando recuerda vagamente a un hombre alado, un puente, un barandal, una ciudad más allá de la bruma, una lámpara y un lobo…)

Desde hacía pocos meses su existencia contaba con ingredientes frecuentes: olvido, furia, malestar, y entre ellos tres se paseaba. Sentía toda la invalidez. Toda en la mitad de adentro.

(Afiebradamente otra vez su mente flota, y otra vez la acosa la visión de un hombre de negras alas observando más allá de los límites del barandal, un espacioso y perfecto puente, y la ciudad lejana que se confunde en la masa brumosa del cielo, y una lámpara crepuscular como testigo cercano.
Sin embargo, la oscuridad de éste ser apoyado en el barandal no la inquieta. Sus alas parecen manifestarse con una calma lejana al miedo, pero plenas de deseo…)

Con un movimiento felino y hábil se enderezó y salió del cuarto. Una mucama la saludó en el idioma de esa ciudad nueva. Ella le sonrío. Una sonrisa muda y vacua porque no recordaba como debía decir “buenas noches”. Se había quedado más tiempo de lo previsto en ese lugar remoto, más allá de la investigación, de la curiosidad, de la tolerancia, más allá de la lógica…
Camina hacia el ascensor. Sabe que tardará, que es un ascensor viejo y lento. Lo espera agachando la cabeza, evitando mirar y ser mirada por el hombre que viene por el pasillo en dirección a ella; él se detiene a su lado, no la saluda, no la mira. El ascensor continua demorándose y por primera vez en tantos días de estadía en aquel hotel insospechado la asustan las nimiedades de la cortesía, que deberá traducir a una lengua extraña cuando al fin deban subir al ascensor.
El hombre de mediana edad es bien parecido, está vestido elegantemente. Es alto. Acarrea una cara pálida, simple, cara de bueno. Cuanto habría apreciado ese detalle antes, cuando ella misma era buena.
Nostalgia, la abaten horas y horas de nostalgia de sus tiempos de ayer. Sus ojos se humedecen levemente.

(Ahora su mente es una maraña de visiones entrecortadas… un lobo guardián dándole la espalda a ese ángel negro que permanece contemplando más allá del vacío. ¿Quien le da la espalda a quien? Ese ángel negro se encuentra más allá del seguro refugio del cánido. Como ignorándolo, mostrando algo más allá de lo existente. La existencia de algo que ni siquiera los huecos del barandal le permiten adivinar.)

Suben al ascensor. A ambos los encierra entonces el acero y la mudez. El hombre alto, de traje severo le pregunta ¾¿qué piso?  Su voz ronca, sinuosa, se arrastra hacia ella con un acento cortante, acaso de turco o español. El ruso definitivamente no es el idioma de ninguno piensa mientras traduce “planta baja”.  Catalán, el acento de él es catalán, traduce mentalmente mientras el ascensor comienza a bajar. 
Ella conoce muchas lenguas aunque nunca ha estudiado ninguna, tiene el privilegio de una ingeniosa mente, aprende en forma espontánea siguiendo reglas propias.
Se aparta de la cara un mechón de cabellos, tieso y pegajoso a causa de la emulsión que se ha colocado sobre la abundancia de su melena. Después de unos instantes de silencio se oye un ligero crujido y la albina luz del ascensor se apaga; una cierta extraña placidez la invade. El hombre carraspea para aclarar su voz: ¾por suerte aún nos estamos moviendo, parece que se trata sólo de una falla en la electricidad. Justamente cuando el ascensor de detiene con una vibración ensordecedora.  Automáticamente el aire deja de mover las cintas plásticas de la rejilla del techo, y un débil rayo azul chisporrotea por encima de sus cabezas.
Ella ríe forzadamente poco y husmea en el aire comprendiendo, sin necesidad de traducción, la ansiedad que el pobre macho forzadamente disimula. Aspira ese olor, harta de descifrar, cansada y sola en esa remota ciudad tan lejana a su tierra, carente del idioma que pudiera salvarla. El habitáculo del ascensor se le antoja una habitación de sótano, oscura y tibia, como el interior de un tarro cerrado.

(Su mente se da otra vez a la fuga, los recuerdos la acicatean…
Un puente perfecto. Perfecto por la contención espacial de cada uno de sus elementos: hombre, lobo, lámpara y ciudad… todas las representaciones son como una arteria que se eleva hasta ese cielo brumoso que pareciera envolver a la ciudad con sus ocres crepusculares.  Se estremece.
La escena le muestra a la perfección un diabólico ángel negro que la perturba con su mirada más allá de los límites de su forzada indiferencia.  Se puede imaginar hacia dónde va dirigida esa mirada no obstante encontrarla vaga,  perdida, melancólica.
Esa mirada errante, casi involuntaria y ese maldito ángel negro la obliga, con su mágica nostalgia, a observar más allá de lo tácito. De pronto el horizonte se le pierde, como se le pierde esa existencia.)

Vuelve a la realidad…¾No se preocupe- dice él, tratando de ser amable e infundirle seguridad. ¾No debe ser más que un desperfecto transitorio.

El sonido del timbre de alarma la altera.
¾No nos escucharán -dice ella.- haciendo oír su envolvente voz por primera vez. Eso era casi un deseo.
Había algo en su tono de voz que molestó al hombre. Algo casi malévolo.  Hubiese jurado haberle visto brillar un relámpago de jubilosa crueldad,  de manera que le sonrió apenas y se quedó en perfecto mutismo.
Ella comienza a sentir nuevamente la presión sobre sus hombros. La presión del cansancio de siglos. Sabe que todo es parte de la ceremonia. Conoce que aunque las cosas no son iguales en todas las oportunidades, una sensación similar la acomete siempre que está frente a un hombre…, a solas. 
Cuando vio venir a éste ejemplar antes de bajar la vista, antes de entrar en el ascensor, antes de que le hablara, se dijo: es demasiado principesco, demasiado moreno y serio. Demasiado vulnerable… ¿Por qué ha de ser él quien venga a tentarme?
Debería sentir que ahora está a la intemperie, expuesta, indecisa. Pero no lo siente, como si el ejercicio agotador que demanda sobrevivir la hubiera encerrado en un capullo de insensibilidad.

(Nuevamente el delirio la fustiga… ¿Importa la existencia de un horizonte?, ¿Qué observa ese ángel?, ¿Agua?...
Seguramente existe agua a los costados del puente. Ese puente que es perfecto casi puede contenerla a ella también… quiere cruzarlo, es curiosa.
Y ese lobo vigilante, poderoso e infranqueable ni siquiera puede defenderla de su propia curiosidad, ¿por qué? Si está tan cerca del barandal, ese lobo, ¿por qué no la ataca?
Sigue avanzando, el lobo permanece inmóvil detrás del hombre de traje negro. ¿Lo está protegiendo?, se pregunta. ¿lo protege de la nostalgia o de la ignorancia?...)

Entonces recuerda una noche de muchos años atrás… esa noche que hizo un largo camino para volver a su memoria.  Un camino de calor líquido y hediondo, de bolsas de basura destripadas y umbrales que se apagaban a su paso. Y a ella que silenciosamente envejecía en una larga noche eterna sin una vida de verdad,  sin la vida de un hombre que pudiera preservar.
Abrió los ojos, al menos le pareció que los abría para verlo mejor.  ¡Qué lástima! pensó, pero no se lo dijo a su compañero de encierro. De todos modos no la entendería. Así eran las cosas que prometían ser raras. El la vio meter la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sintió miedo. Miedo a que le pidiera algo más; algo más que sus palabras. Ella comenzó a sonreír para sus adentros, pensaba al mismo tiempo qué absurdamente divertido le resultaba saber que él se sentía en la obligación de protegerla, como si fuera un criado.
Sonrió con dulzura;  se le acercó dos pasos. Él la miró inquieto, su mirada le resultó perturbadora y al mismo tiempo subyugante.  Se paralizó. Pronto sintió la fría y viscosa mano de ella derramándosele, extendiéndosele por la cabeza, tocando su barbilla, bajándole por el cuello, por el  pecho, hasta clavársele en las entrañas. Ese éxtasis lujurioso lo hizo bramar. También oyó la risa contenida de alguien y se hundió, sin remedio, en una niebla voraz.

Ella se echó a reír, hambrienta, ésta vez sin reparos y sin poder evitarlo. Era maravilloso sentir una intimidad tan intensa con un ser humano desconocido.
Ahí estaban el lobo, el hombre, ignorándose, y al mismo tiempo reconociendo al maldito ángel negro más allá de la nada. Todos observándola una vez más. Compartiendo su transformación, su ansia, porque eran ella misma, porque ella los resumía y nada podía hacer para cambiar eso, lo sabía...

Comenzó a lamer lentamente el viscoso líquido agridulce que le empapaba la mano y corría por su brazo desde el pecho abierto del hombre. Dejó, a un costado, la masa aún latente del corazón para comérselo después. 

viernes, 15 de julio de 2011

sĄncTasaлctóЯum





Algo corre entre ellos, un intercambio de figuras como líneas que se unen, en un instante, y en todas las combinaciones. Agotados personajes caminan por las calles sin conocerse. La ciudad no los deja verse; al cruzarse se imaginan mil cosas que podrían pasar entre ellos: conversaciones, encuentros, sorpresas, caricias, besos, bofetadas... pero las miradas no se encuentran, las miradas huyen, no se detienen, no se rozan siquiera. Tampoco la ciudad se deja ver.
En cada lugar de ella  se podría sucesivamente dormir, fabricar herramientas, cocinar, acumular oro, desvestirse, vender, orar, amar, consultar los oráculos, nacer, morir y renacer. Podría estar abandonada o habitada a cualquier hora sin que nadie se mirase, sin tratarse, sin alzar los ojos siquiera. Es una ciudad de sueños, ningún ojo alerta en la vigilia la contempla, una telaraña suspendida sobre el abismo o una ciudad bidimensional, acaso solo vigente en un mundo paralelo.
            En su convivencia se consumen las horas y los días cuidando al tesoro de la noche.
            No se sabe desde cuando existe, mas en ella no vive o sucede nada que no se repita, porque aunque ciega la ciudad fue construida de manera que cada una de sus líneas se reflejara en un espejo.
            Los habitantes de la ciudad saben que sus actos son al mismo tiempo el acto y la especulación de haberlo realizado. No hay miradas que lo certifiquen. Por ello, la noche en su ritual es imperecedera, la abarca y la sostiene. Una vibración curiosa mueve a la ciudad o a su reflejo. Hasta ahora nadie ha sabido nunca cuál de las imágenes es la real, cuáles los reflejos. Cuál el acto inicial del movimiento y cuál la consecuencia. No todo lo que parece valer resiste fuera del espejo.
            Todo esta expuesto al septentrión, a la sombra. Nada es igual, todo es simétrico. No se debe confundir nunca las palabras con que se describe , con los fonemas que la nombran. ¡No se debe!... 
            Las despedidas se desenvuelven en silencio, con ciegas lágrimas. Después alguien puede decirte si tu sueño corresponde a la verdad;  sólo después de haberla abandonado. Nadie  ha descubierto aun su secreto, es una ciudad de despedidas, no de retornos.
            Se dice que tan sólo un hombre en su último sueño logró descifrarla. En su último sueño, aquel último hombre logró verla en un reflejo elusivo, mas no pudo nombrarla. No tuvo tiempo...
            De ese hombre no quedo mucho, sólo una biblioteca de recuerdo, una epístola, un mandamiento. En la ciudad que no se deja ver no quedan rastros de aquel maestro.
Se dice que cada tanto regresa a habitarla, discurre entre aquellas miradas sin remedio y con sobrios hábitos pretende hacerse entender.
No existe ninguna seguridad sobre su existencia, sólo la certeza de sus signos. Algunos afirman que las veces que se presentó en la ciudad, y en sus libros, su nombre señaló un signo  como éste: 
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miércoles, 22 de junio de 2011

Vanidad... Vanity...Vanité...

Reedición



El gran Visir posee un libro donde están delicadamente dibujadas las ciudades del reino. Palacio por palacio, templo por templo, calle por calle...
El libro contiene también los mapas de las ciudades prometidas, pensadas una y mil veces y todavía no descubiertas. También contiene los dibujos de las plazas, los ríos, las murallas, las tiendas, las casas, los cementerios, las rutas de las que quedaran definitivamente infundadas.
Todas han sido soñadas y plasmadas en el terso papel de seda. Tan lastimeramente iguales, tan incomunicadas en el apretujón de la tinta. Tan petulantes de mármol y arabescos, y a la vez tan tímidas y orgullosas.
Esos dibujos ciudadanos son la traducción en tinta y pluma del ánimo de su hacedor: fatalmente vanidoso.
A despecho de la humillación transitoria de sus despertares sin nuevas conquistas, el gran Visir ha preguntado una y mil veces más a oráculos, sacerdotisas y magos, cuál de sus futuros lo impulsará con vientos propicios. Todo ha sido en vano. Hasta ahora ningún vaticinio le ha otorgado ser el dueño del orden nuevo del mundo; orden que por otra parte él mismo ha perturbado.
En las tardes de buen clima le parece –a veces- que alguna voz le llega lejana. Entonces presiente que su convivencia humana ha llegado al extremo de un ciclo, pero le resulta imposible imaginar la nueva forma que adoptará.
En realidad no es menester que lo apuntalen otras realidades. El se sabe la sombra de una memoria, ejerciendo la imagen de este ahora. Como el polvo incalculable que fue ejércitos, como los rostros de las largas migraciones, como cada gota de agua en la clepsidra, y los días en que ninguno fue primero… él se sabe sueño... Mas las frágiles nieblas de los años le han convertido en chamusquina muchos de sus recuerdos.
Ser una cosa es inexorablemente no ser otra. La intuición confusa de esa verdad es la que lo induce a soñar, congregando los miles de rostros que un hombre sabe, sin saber, después de los años.
Cuando nuevamente despierte creerá recordar frases y actos quizá solo pensados, y tomará nuevamente la pluma y agregará otro soberbio dibujo filigranado en su libro.
Mientras tanto, secreta en su porvenir, lo espera una lúcida noche fundamental, en la que su luna se convertirá en la misma que miraran los caldeos,   el tiempo circular será el de los propios estoicos, y en su boca cobijará la moneda del que ha muerto.
Pudiera ser también que las esfinges, los grifos, los dragones, las quimeras, las hidras, los nenúfares, los basilisco, los unicornios... volvieran a tomar posesión de su reino.


©®  Susana Inés Nicolini
Sue_*
#SafeCreative  

jueves, 16 de junio de 2011

de Cenizas...





Sólo por los informes he conseguido discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapa a las mordeduras de las termitas. Sé -ignoro las razones de tal conocimiento- que hay un momento que sucede al orgullo de la desmesura de la conquista, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a la vastedad de los territorios, a conocerlos y a comprenderlos. Es una sensación que me acomete de noche, junto con el aroma que hoy emula al de la mirra desde la piedras humeantes en el cuenco sagrado de alabastro; de la ceniza del sándalo que se enfría en los braseros en las casas de los que ya no conozco pero aún me pertenecen.  Un vértigo que tiembla desde las montañas y los ríos historiados en la leonada grupa de los mapas, desmañado el lacre de los sellos reales, enrollados en despachos de quienes jamás me han conocido.
            He partido de allí y andado jornada tras jornada hacia el levante. He transitado la ciudad de las nueve cúpulas de plata, con estatuas hechas para todos los dioses, y los gallos de oro y los escarabajos de azabache.
            He llegado una noche de junio, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas a la vez; mas también, mucho antes,  he visto desde una terraza una noche como ésta o he creído haber vivido una noche igual, y aquella vez haber sido feliz.
            Ya no sé…, aquí puedo hablar de dos maneras, y entre ambas entiendo, pero no puedo verme en el foso cuyas aguas alimentan los cuatro canales verdes que atraviesan la ciudad, ni en cada morada donde las familias intercambian satisfechas astrolabios y amatistas, como si de ellos tuvieran   la exclusividad.
            Es esta una ciudad para hacer cálculos, y de estos datos intentar saber todo lo que se quiera sobre el pasado y el futuro.  Alguien me condujo hasta aquí, podría asegurar que fue un camellero.  Estoy segura que llegué joven porque hasta entonces yo sólo había conocido el desierto y las rutas de las caravanas.
            La ciudad no está hecha de eso que repaso, pero ya sé  que decirle a alguien cuantos peldaños había en la entrada de los templos, en las escaleras de las calles, de qué tipo eran los arcos de sus soportales, o con qué  se cubrían los techos, sería como no decirle nada.
            La ciudad no esta hecha de eso, no, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado.  Tampoco se parece a la ciudad de mis manuscritos y sin embargo un eco de aquellos libros que la contaban persiste en su suave misterio.
            Amarillo y rosado. Piedra y arena aún amenazan los pies que la cruzan, desde las huellas implacablemente borradas de las procesiones.
            En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad me embebe, como una esponja que se dilata… como una torpe ráfaga de aliento que intenta enarcar mi pecho, sin lograrlo. Mas esta muda violencia despierta una reacción de orgullo.  Será la conciencia de enfrentar al vacío, de hacer una marca en el pedernal, ser una luz en la sombra, el propósito de una palabra,  una voz en el interminable silencio…
            De todos modos, aún desconociéndola, en los caminos percibo la misma sensación intoxicante de avanzar por un cauce en la nada, siempre obligada a no apartarme del Nilo protector, ni del botero que desliza la nave vestido con una larga túnica, y la impulsa con  una pértiga, inclinando hacia mí su cabeza.
            Desde aquí el mar de Homero es inconcebible, y sin embargo cierto.
            He proyectado la idea de que no soy mas que un  pensamiento, o muchos de ellos, y de que partí una y mil veces para volver en la futilidad del humano…, en la ambigüedad de la trascendencia. La ciudad es mi cómplice.
            Me ha hecho saber que quien se encuentra una mañana en medio de ella despierta en sus deseos y lo rodean. Tal poder, que engañosa detenta, es por donde el afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas de ella, cuando en realidad eres su esclavo.
            La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas arenosas, en los nichos de los ladrillos milenarios, en los túneles estrechos, en los pasamanos, en el ónix y  ágatas tallados de arañazos, en los trazos sempiternos de sus signos.
Es acaso una extraña permanencia, una obstinación en la corriente de los soles y las lunas, esa antinomia favorita. 
Es como la niebla intemporal de lo auténtico. Por ser inconcebible es necesaria, mas ni siquiera busca la posibilidad de justificarse . Ni deberes ni fines significan nada para ella. Es vértigo y deseo. Se realiza en el mundo con sólo abolirlo.
Sin embargo, siento necesario que me preconice en ella, en esta encabalgadura de los siglos. Quizás porque, paradójicamente, ella me halla creado…, y por eso  he vuelto, ahora que ya no hay un horizonte, sólo un matiz que separa la tierra del cielo. 

sábado, 28 de mayo de 2011

iLﻦkﻜori∆

La Ciudad y la ilusión 
(de mis saga:Ciudades Transparentes)

_¡Has llegado ! 
_Te esperaba -me dijo esa voz profunda-
_Cargas quizá con mucho más que la arena necesaria. Acaso eso te haya demorado tantas veces  –agregó, para luego seguir hablándome sin detenerse.
El que te vea hoy, aquí,  conmigo, sólo comprende el efímero presente. Está equivocado.
Yo soy la ciudad de las viejas postales, las que me representan como ya no existo, como era antes, porque para no decepcionar a mis habitantes hace falta que el viajero me elogie como a aquella de las tarjetas, cuidándose de mantener dentro de los límites posibles la pesadumbre ante mis cambios.  Hay que cuidarse de mencionarles que a través de lo que he llegado a ser puede evocarse, con nostalgia, lo que fui.
Tan solo tú me ves de verdad. Yo te he convocado en complicidad con la perífrasis del tiempo y la memoria.
No digas que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre; que nacen y mueren sin conocerse, incomunicables entre si. Y que en ocasiones hasta las voces y las facciones de sus habitantes permanecen iguales, aunque los dioses que habitaban allí se hayan marchado sin decir nada, y en su lugar dioses extranjeros representen otra ciudad que por casualidad se llama como la anterior. No, no lo digas.
Sabes, a veces imagino las formas que hubiese llegado a tener si por otro albur no me hubiera convertido en esta.
En el mapa de tu imperio deberás encontrar el sitio de aquella ciudad real. No porque hoy yo no lo sea, sino porque como todas las ciudades soy una suposición. La verdad me encierra y por unos instantes me imaginan posible y un minuto después ya dejé de serlo.
A través del tiempo aprendí que el hombre camina día tras día entre los árboles y las rocas. Rara vez detiene su mirada en una cosa. Sólo cuando la ha reconocido como signo de otra: el arañazo en un árbol señala el paso de un tigre, la huella en la arena el camino de la caravana, la obscura nube la cercanía de la tormenta. Todo el resto del mundo es incambiable. El árbol y la roca son lo que son. La ciudad y su gente una apretada envoltura de símbolos que el azar ha dispuesto. El ojo no ve cosas, sino figuras de cosas que significan otras cosas. La mirada humana me recorre como páginas escritas y, como otras,  yo manejo todo, digo todo, y el ojo retiene los signos con que me defino  a mi misma.
Las ciudades somos redundantes. Nos repetimos para que algo llegue a fijarse en la mente del hombre. Cada una de nosotras dibuja tatuajes en la memoria.
La memoria también es redundante. Repite los signos para que cada ciudad empiece  existir.  El hombre sabio reconoce cada uno de ellos .
Para ti ya no puedo esconderme, en todo caso debo esconderme en ti para que el hombre no sufra, para que a través de su memoria repita lo que será.
Mi ruta no está marcada, sólo tu me  ostentas... y me ocultas..., tras el velo de los ojos matizados de misterio. A veces ahítos de sueños, otras vacíos de arquetipos filiformes, en la zona más luminosa acaso de un mero libro, o de una inextricable obra de arte.
Ya no te será necesario que trates de comprender mis señales. Sólo el hombre que viaja y no conoce todavía la ciudad que le espera se pregunta por ellos: cómo será su templo, su casa real, su calabozo, el molino, el teatro y la estatua de su Dios. Mas cuando llega, como lo has hecho tu, la ciudad es quien conforma esa hipótesis, la que traes en la mente, hecha sólo de diferencias, sin figuras ni formas. Es entonces la ciudad la que rellena tus espacios particulares y te adopta.
Los sueños componen la obra o el azar aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas y cada cosa esconda otra. Los acertijos te subyugan. No tiene sentido tratar de adivinarlos, son los deseos o los temores los que dan forma a sus mutaciones, los que logran borrar tu ciudad o son borradas por ella. Todo el resto se te hace invisible.
Aquí, como en todas partes, las vidas secretas y aventureras están expuestas a mayores constricciones. A veces la línea más breve entre dos puntos nos es una recta, sino un zigzag ramificado en tortuosas variantes. Cada ciudad y su habitante se permiten cada día el placer del nuevo itinerario, acaso para ir a los mismos lugares, y así como hay calles a la vista, la compacidad de la ciudad y su habitante es también perforada por la aureola de galerías subterráneas. 
A veces un mapa se traza indicado con tintas de diferentes colores, sólidos, líquidos, patentes u ocultos. Parábolas invisibles que desvían los caminos engañando. Remontar el espiral, rozar el pináculo se hace difícil. No obstante algo domina desde cada punto los senderos del aire. Alas quietas trazando espirales.
De nada valdrá negarse, tus pasos no persiguen lo que está fuera de los ojos, sino dentro, sepulto y borrado. Aquel espacio donde dibujaste recorridos entre dos puntos suspendidos en el vacío.
Cada ciudad es diferente: una es para aquel que pasa sin entrar, y otra para el que está preso en ella y no logra salir.  Una es la ciudad a la que se  llega por primera vez, y otra la que se deja para no volver.
Pero la ciudad, desde su paisaje esencial, imanta miradas, pensamientos e ilusiones, cual multiformes tesoros de un reino. Cuando la aprendes, irremisiblemente te conquista. En realidad, en este punto, ya ha abandonado las apariencias ilusorias y lo que te ofrece es una alternativa inexorable. Acaso, una victoria que has dejado de obtener en otro tiempo.
Si tu me has encontrado, entonces ve y vuelve, sale y entra cuantas veces lo desees, al fin es la misma cosa. El misterio de la eternidad, el regreso de las golondrinas, la indulgencia de la ola hecha onda, que más da si el mundo revelado tiene que callar para ser oído...
Si tu me has encontrado, ya no me desconocerás..., entra y sale, ve y vuelve cuantas veces quieras, si al fin soy ilusión, tal vez la mejor de las realidades posibles