jueves, 9 de octubre de 2014

cuéntame




Cuéntame…dime cómo puedo huir de tus pestañas
cómo puedo dejar de volver la cabeza
y encontrar tu mirada en cualquier punto donde la detenga.
Cuéntame cómo puedo dejar de temblar con el roce de tu mano.
Cuéntame…dime, cómo puedo no caer en ti, sobre ti, en tus gestos,
cómo puedo arrancar mi aliento de tu pecho,
cuéntame cómo puedo apartar éste corazón
que se me ha azulejado a tu piel.
Cuéntame cómo puedo renunciar al aliento entre cortado,
al gemido roto y mudo, a estas manos soldadas.
Cuéntamelo mientras hallas el valor de acercarte
por la espalda, como tantas veces,
cuéntamelo mientras me muerdes la nuca,
dímelo mientras mis pezones llenan el espacio
que queda entre tus dedos,
mientras me arrancas a mordiscos éste deseo
y ésta fatua tentación de seguir ansiando
lo que ahora ya no es tentación porque es pecado.
Y báñame, empápame, con el agua bendita de tus besos,
y consuma.... consuma esta prohibición,
hasta que nosotros mismos la impidamos,
como si hubiera dejado de ser nuestra
con esa fuerza de lo que excede, de lo incontenible,
como si fuera una pasión ajena que toma todo,
que posee todo,
lo que esté entre tu cabeza y mi pecho.


©® Susana Inés Nicolini
Sue_*
#SafeCreative

(Pintura: Ida Ambrosio)

sábado, 6 de abril de 2013

Aksallah

La pululación, el gentío, el distraído trajín, las hebras esplendorosas de los tapices, los rebuznos de los mulos, las manchas de humo, el olor del pescado fritándose, el té que humea en una taza, los retazos arrugados de las poltronas, los colores de las cintas en las cabelleras, las sinuosas líneas del traje de las muchachas, el duro cuero que sostiene las espadas envainadas, las máscaras de los capiteles, las voces inaudibles de los coros, las chabolas, los parapentes, las angulares esquinas, las rectas avenidas, las semillas de naranja, las vides, las huestes macilentas, las caravanas lejanas, la anterior vida de los pobladores... la ciudad integra va camino a otra, mutando sobre la relación misteriosa de otro cielo estrellado. Hacia una forma plausible de construcción que el devenir aún no ha establecido y que sigue interrogando al oráculo. Busca una órbita nueva, un diseño más aproximado a lo que desea, un mundo más cercano al cielo, y menos a ésta nube de polvo, a éstos incendios, a éstos derrumbes, a estos gritos en la oscuridad.
El catálogo de formas en las que elige es interminable, las estructuras agotan sus variaciones y se rehacen, comienzan con el fin de las ciudades. Retículas sin fin en donde reproducirse y deshacerse una y otra vez. Hasta que cada diseño no haya encontrado su ciudad, seguirá renaciendo.
Mas en la hora en que el siglo  de la golondrina comience, una realidad nueva inundará el orbe de Aksallah. La ciudad estará cambiada sin duda, y acaso, para mejor... acaso...

El Rey Chamán ha dicho que las alas que ha visto volar son los paraguas desconfiados bajo los cuales miles de párpados pesados bajarán las miradas, gente que creyendo volar apenas alzaron del suelo. ¿Se equivoca el oráculo?, ¿El sueño del Rey es infiel a la verdad?... no necesariamente.

Quizás todo consista en saber qué palabras pronunciar, qué gestos realizar, qué orden elaborar, qué ritmo manifestar y hacerlo de ese modo en un momento ideal. No obstante, es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin darle demasiada importancia, sin la pretensión de estar realizando una operación decisiva, teniendo en cuenta que de un momento a otro Aksallah puede cambiar el tiempo de su relación, y mutar nuevamente, yéndose hacia otro cielo más estrellado.

©® Susana Inés Nicolini
(Todos los derechos reservados)

(de mi saga: Ciudades santas, Ciudades diablas)

miércoles, 20 de junio de 2012

La sombra del ángel (2da. parte)




Los sueños han sido siempre un factor sobresaliente en toda la cuestión gótica. El maquillaje con tintes “mortuorios” de algunos personajes del cine gótico, nos hace rememorar, no pocas veces, a las pesadillas más terribles. Asimismo, en la estética gótica se reproduce como ícono, reiteradamente, uno de los motivos más movilizadores de sueños y desvelos en todos los seres humanos: la muerte.
Generalmente representada con ropajes negros, en contadas oportunidades vestida de blanco, la fascinación aterradora que provoca ha hecho correr ríos de tinta y kilómetros de film, en libros y películas que recurren a la exacerbación de los sentidos a través del miedo ante esa figura desconocida y espeluznante.
Ese miedo inevitable, o curiosidad morbosa, convirtió a un fenómeno psicológico (el Thánatos) en el leitmotiv de incontables obras.
Los sueños (“esas imágenes que desfilan en las paredes de nuestras células solitarias”), representan, para muchos de nosotros con alguna orientación mística, la puerta a un “otro despertar” donde diversas dimensiones se abren a nuestro conocimiento y nuestros sentidos que se hallarán durante los mismos, paradojalmente, “muy despiertos”.
Dicha incitación, casi mágica, ha sido utilizada por numerosos hombres de literatura, cineastas, músicos, y todo tipo de artistas a fin de “despertar” su sensible creatividad.
Sueños dormidos, sueños lúcidos, alucinaciones, viajes mentales, inducciones con químicos o con productos naturales, y muchas otras variables han sido atravesadas desde le fondo de los tiempos para conocer algo más del “más allá”. Ese interés mórbido sobre experiencias buscadas y temidas al mismo tiempo, fueron en muchos casos las musas de magníficos artistas de todas las áreas de la cultura, como Van Gogh, Poe, Baudelaire, Chopin, Liszt, Rachmaninov, Morrison, Lovecraft, Scott, Bowie, Le Fanu, Van Eyck.… y cientos más que abrevaron en las aguas fantasmales de lo onírico para dar a luz muchas de sus magnificas creaciones góticas.
Artistas, políticos, científicos, filósofos, psicólogos... hombres de todos los días…han tenido y seguirán teniendo una expectativa sobre la interpretación de esos mensajes metafísicos.
Como dije, uno de los temas más utilizados en la cuestión gótica, han sido y serán los sueños y su órbita tremendamente hipnótica y seductora. La lucha entre “la gran bestia” y el "mesías mundano” que todos llevamos dentro ha sido permanentemente uno de los territorios tabúes que, más allá de cualquier orientación psicológica, filosófica, y/o religiosa, ha trazado un invariable paralelo entre la veneración profana y la espiritualidad más ortodoxa, en medio de un mundo que se debate, día a día, entre la sombra del ángel y el ángel mismo. Un mundo que parece derrumbarse frente a la tormenta de “hechizos” sexuales, polvo blanco, humo y alcohol.
Mundo, que según los críticos mas severos, se hace más tenebroso y temible y que “opera en el lado equivocado del cerebro”…, como si el ADN de la humanidad estuviera ineluctablemente condenado a ocupar la tumba de un suicida.


©® y RNPI de Susana Inés Nicolini 


martes, 12 de junio de 2012

La sombra del ángel (1ra.parte)







Desde el origen de los tiempos, el ser humano ha sentido una extraña, callada, y temida atracción por los aspectos más oscuros de la existencia. El dolor, la sexualidad, la muerte, la locura, en suma lo macabro, lo inefable de la mismidad, han determinado de uno u otro modo, alguno de esos aspectos en el interior de cada uno.
Dentro de la cultura inserta en nuestra sociedad se nos ha determinado cómo "debemos" ser, qué nos tiene que gustar, qué podemos decir y qué no... Se nos determinó "la verguenza" y "lo inconveniente", lo bueno, lo malo, lo lindo, lo feo. Es la sombra del ángel, que convierte la mirada sobre lo "diferente" en un extraño e inquietante sentimiento que, como en los cuentos de horror, nos atrae reveladoramente.
La estética gótica es, acaso, el presagio apocaliptico de los tiempos que vivimos.
Es una forma artística cuyas áreas de conocimiento atraviesan desde la música lírica y la historia de fantasmas, hasta la colorida fauna de nuestras ciudades, interpretando mediante una forma saturada de carácter sombrío y grandioso el sonido de la noche, los sueños, la mística, el amor, el dolor, la eternidad…con algunas obras de exquisita melancolía.
Es un “rumor” que cobra credibilidad a medida que se empuñan los días de nuestra historia, con una tradición romántica y decadente, influenciada por el extravagante lord Byron, el instintivo Poe, y el escandaloso Baudelaire.
No obstante, antes…durante mucho tiempo, algunas manifestaciones góticas disfrutaron de respetabilidad, sobre todo las que surgieron durante la época victoriana. En plena gloria del Imperio británico, los cuentos clásicos de fantasmas se leían tradicionalmente en las fiestas navideñas. Un ejemplo del horror británico por excelencia, cuyo carácter tétrico abundaba en sonidos de pisadas sobre pisos chirriantes, a lo largo de incontables bibliotecas, misteriosas mujeres vestidas de negro que desaparecían en la noche detrás de la niebla de los cementerios, los carros fúnebres que corrían “alados” tirados por mansos caballos, mansiones de paredes de madera que escondían secretos familiares insondables, y todo el fuego del cielo que fundía la tierra cuando las tormentas más furiosas azotaban la escena, formando la extendida dialéctica con la que se promovía el horror por aquellos tiempos.
Lo sobrenatural de todo ese bagaje intelectual nos sacude hasta hoy con obras impresionantes que tratan de recrear los pintorescos escalofríos de antaño, sin lograrlo del todo, aun utilizando las modernas técnicas visuales.
(Continuará)

RNPI Susana Inés Nicolini
Hecha la Reserva de todos los derechos.






domingo, 2 de octubre de 2011

Amaré la tarde...

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Yo, que tantas personas he sido, 
no he  sido nunca aquel 
en cuyo amor desfallecía...
JLB.


            La tarde que salí del hospital con mi hija pequeña en los brazos, a salvo de la muerte que pretendió detenerse en su sonrisa a esa edad en la que apenas comenzaba a asirse a la vida, a abrir los ojos; ella que tiene bajo sus pestañas una fuerza cuyo lujo regala sin –a veces- darse cuenta, me sentí  tan inmensamente feliz que engañándome  a mí misma llegué a pensar que este mundo era un lugar perfecto.

            Mas cuando quise reaccionar ya estaba sola recordando, logrando sin querer que mi voz se quebrara por las penas que aun se cuelan por los huecos que deja la llama de la vela,  que apenas ilumina hoy mi cuarto...
            No recuerdo qué día  fue ni qué verano, porque el tiempo se volvió circular. Era ya muy tarde aquella madrugada. Yo no dejaba de mirar la puerta por la que Sergio no aparecía, mientras indagaba con sigilo la calle corriendo apenas las cortinas para que la niña no se despertara. Pero ya se demoraba demasiado, mucho más de los acostumbrado.
            A cada razonamiento lógico que mi mente trataba de imponerme mi organismo respondía con su acostumbrada percepción, instalando mariposas en mi estómago.
            Por fin a eso de las dos, cuando mi desesperación tocaba su punto máximo y no quedaba número telefónico al que no hubiese acudido, alguien llamó a la puerta.  Nada de lo que sucedió después es aún hoy real para mí.
            En los meses posteriores me encontré viviendo una existencia en la que la soledad individual se extendió hasta la nostalgia, transitando una zona brumosa de mí donde la realidad se volvió frágil, el azar se confundió con el destino y todo pareció, en algún momento, volverse posible. También la felicidad.       



Hay mujeres que se acomodan al amor, a la vida, al abandono  o a la muerte con la naturalidad animal con que se entregan al sueño, hasta que un encuentro imprevisto, una conversación ajena, un viaje o una noche de insomnio las sacan del sopor.  Yo fui una de esas...

            En uno de esos veranos que se sucedieron, y en una confitería al aire libre, me crucé con unos ojos que no dejaban de mirarme. Aquellos ojos me invitaban. No puedo recordar si hablamos o no, es posible que ellos se interesaran por mi nombre y yo por el de ellos, es posible que también le preguntara por qué no los había visto hasta entonces por allí y que me informaran que habían estado varios años fuera del país. No, no puedo recordarlo, pero lo que sí recuerdo con nitidez es su persistente mirada que sacó toda la timidez arrebolada en mis mejillas, y cómo de pronto su manos quemaban en las mías.
            Entonces empezamos a ser amigas. Esa forma tan apacible que tenías me invitaba a bombardearte con preguntas. Nos encontrábamos a una hora en que la siesta ya llevaba un rato de estar en el café, y me invitabas a cenar una noche..., y la otra también. Era un ambiente de murmullos y alcohol que formó una reveladora voz en nuestras gargantas. La música del lugar siempre disculpó las conversaciones. Ninguna quería aceptar lo que sabía, sabiendo que la otra también sabía.
            Llegó el rubor de otros días y otras noches  pero nuestra historia no acababa de ser fluida; nada hubiese impedido que hablásemos a las claras. Nada, nada lo impedía. Sin embargo fue siempre aquel encontrarse como al azar, como si ninguna de las dos hubiera calculado el paso que nos acercaba. Y fue esa mudez..., esas frases desarticuladas...
            No recuerdo precisiones porque el tiempo se volvió circular.   Era ya muy tarde aquella madrugada en que yo miraba la puerta por donde debías entrar, como repitiendo una escena conocida, ahora en otro ámbito..., en otro tiempo mío... Al fin llegaste más alegre de lo normal y a mí se me fue iluminando la cara al acercarme sin dejar de mirarte. Yo jugueteaba con un encendedor entre las manos, que me arrebataste como si en ese gesto te asignaras mi propiedad. La música estaba demasiado alta para hablar. Al llegar hasta tu boca leí en tus labios, porque oír era imposible, la única vez que dijiste “te quiero”
            Comencé a temblar y me pasaste tu chaleco beige de cuello redondo, me lo pusiste sobre los hombros, aunque yo sentía de todo menos frío. Me tomaste de la cintura, teníamos las caras secas de tanto humo de cigarrillo, y nos fuimos en tu coche hasta la costa del río.  El amanecer nos sorprendió con lágrimas; necesitábamos tanto la ternura de las palabras que sin saber por qué pronunciábamos. Recuerdo tu coche, aquel tan oscuro como tus ojos . Recuerdo las ventanillas abiertas para que entrara el cri-cri de los grillos y el olor picante de los pinos.
            Nos adivinamos. Nuestro lenguaje fue mucho más allá de la voz.
            Me pasaste la mano por debajo del suéter acariciándome la espalda. Sentí mis músculos contraerse y cómo se arqueaba tu columna al acercarte; las manos se volvieron ambiciosas deseando hacer propios los pequeños mapas de nuestros cuerpos. Entonces la caricia se devoró a sí misma. Nos amamos.  Sellamos lo nuestro llorando en silencio sin apartarnos las miradas. Supimos de antemano que no habría más que esa noche de amorosa ternura consumada, y  el secreto silencio del futuro...

            Luego el tejer recuerdos y amuletos privadísimos que guardé en mi cabeza y en mí corazón, como algo a lo que acudir cuando necesitaba ser rescatada, casi por sortilegio. Saber que estaban allí  siempre y rememorarlos al azar me rescató de la tristeza como enigma insalvable, del peligroso tedio o, en la más inmediata de las posibilidades, de la encrespada cuesta de la soledad. 

            Desde entonces no he conseguido acostumbrarme a tu ausencia. Pero el amor no muere con la muerte, sólo lo mata el desapego. Sería por ello que deseé tener una pena sin pudor para mostrarla. Podía revivirte en el recuerdo sin dejar ningún resquicio de duda a los celos, haciéndolos tan grandes como quisieras. Sí, hubiera deseado más lágrimas si eso te hubiera regresado, a mí y a la humedad de mis almohadas.
            Pasé años deambulando por los acostumbrados bares buscando el antídoto a mi tristeza. No sé en qué momento me llegó una oleada de perfume picante de pinos y un nuevo cri-cri de grillos. Como un resorte comencé a buscar  y a volver mi cabeza de un lado a otro. Entre el bullicio de las mesas vi tus ojos oscuros mirándome. Fuiste vos quien me dijo que estabas casada y con un hijo de dos años. Fuiste vos, fueron tus palabras, porque yo no vi ni oí porque el tiempo, desde entonces, como dije, se ha vuelto loco girando a mi alrededor.
            Aún hoy me pregunto si acaso fue a mí a quien la vida dejó escoger; pero ya ves, nada se puede decidir contra ella. Acaso nunca supe decidir, acaso sigo preguntándome si alguna vez me quisiste.
            Nada ya importa en esta historia que sólo toma sentido cuando la converso con mi sombra..., y pienso en todas estas tardes que he visto perderse tras la luz implacable que rodea las montañas en que nací.  Ellas tan impávidas, voraces, bellísimas. Cada verano llegando desde sus laderas, como una alegoría de la eternidad de una noche que nos tuvo tomados los cuerpos con el brío del amor y sus desacatos. Como ese único y imperecedero verano que languidece entre mis párpados al releer tu pequeño poema de amor:

“ amaré la tarde
la luz
la espiga rubia
el fruto de tus manos amaré
también tus ojos
amaré todo lo que hay que amar
y un poco más
por si no alcanza...” 
                                                                        (siempre tuya, Marie)

 

 

 

       






miércoles, 7 de septiembre de 2011

Supervivencia







Cayó con fuerza. Odiaba la cera con que cada día lustraban en ese lugar. Con su cuerpo extendido cuan largo era colgó el teléfono bruscamente, con la misma incontenible irritación que en los últimos tiempos se lanzaba a correr para levantar el teléfono apenas escuchaba su primer timbre, o cerrar con furia cada puerta por donde se colara una corriente de aire. Al presentarse lo uno o lo otro, una lanceta de frío se le clavaba en la espalda o en el pecho, cortándole un pedazo de vida útil, de ésta vida de terror que llevaba desde que estaba sin familia, en un mundo desconocido, infiriendo siempre el idioma a través de la intuición, de un olor, de una mueca, percibiendo así a estos extraños;  sin embargo entendía el idioma del perfume de un abrazo nocturno, el del amor de los amantes, sin necesidad de otra traducción…

(De vez en cuando recuerda vagamente a un hombre alado, un puente, un barandal, una ciudad más allá de la bruma, una lámpara y un lobo…)

Desde hacía pocos meses su existencia contaba con ingredientes frecuentes: olvido, furia, malestar, y entre ellos tres se paseaba. Sentía toda la invalidez. Toda en la mitad de adentro.

(Afiebradamente otra vez su mente flota, y otra vez la acosa la visión de un hombre de negras alas observando más allá de los límites del barandal, un espacioso y perfecto puente, y la ciudad lejana que se confunde en la masa brumosa del cielo, y una lámpara crepuscular como testigo cercano.
Sin embargo, la oscuridad de éste ser apoyado en el barandal no la inquieta. Sus alas parecen manifestarse con una calma lejana al miedo, pero plenas de deseo…)

Con un movimiento felino y hábil se enderezó y salió del cuarto. Una mucama la saludó en el idioma de esa ciudad nueva. Ella le sonrío. Una sonrisa muda y vacua porque no recordaba como debía decir “buenas noches”. Se había quedado más tiempo de lo previsto en ese lugar remoto, más allá de la investigación, de la curiosidad, de la tolerancia, más allá de la lógica…
Camina hacia el ascensor. Sabe que tardará, que es un ascensor viejo y lento. Lo espera agachando la cabeza, evitando mirar y ser mirada por el hombre que viene por el pasillo en dirección a ella; él se detiene a su lado, no la saluda, no la mira. El ascensor continua demorándose y por primera vez en tantos días de estadía en aquel hotel insospechado la asustan las nimiedades de la cortesía, que deberá traducir a una lengua extraña cuando al fin deban subir al ascensor.
El hombre de mediana edad es bien parecido, está vestido elegantemente. Es alto. Acarrea una cara pálida, simple, cara de bueno. Cuanto habría apreciado ese detalle antes, cuando ella misma era buena.
Nostalgia, la abaten horas y horas de nostalgia de sus tiempos de ayer. Sus ojos se humedecen levemente.

(Ahora su mente es una maraña de visiones entrecortadas… un lobo guardián dándole la espalda a ese ángel negro que permanece contemplando más allá del vacío. ¿Quien le da la espalda a quien? Ese ángel negro se encuentra más allá del seguro refugio del cánido. Como ignorándolo, mostrando algo más allá de lo existente. La existencia de algo que ni siquiera los huecos del barandal le permiten adivinar.)

Suben al ascensor. A ambos los encierra entonces el acero y la mudez. El hombre alto, de traje severo le pregunta ¾¿qué piso?  Su voz ronca, sinuosa, se arrastra hacia ella con un acento cortante, acaso de turco o español. El ruso definitivamente no es el idioma de ninguno piensa mientras traduce “planta baja”.  Catalán, el acento de él es catalán, traduce mentalmente mientras el ascensor comienza a bajar. 
Ella conoce muchas lenguas aunque nunca ha estudiado ninguna, tiene el privilegio de una ingeniosa mente, aprende en forma espontánea siguiendo reglas propias.
Se aparta de la cara un mechón de cabellos, tieso y pegajoso a causa de la emulsión que se ha colocado sobre la abundancia de su melena. Después de unos instantes de silencio se oye un ligero crujido y la albina luz del ascensor se apaga; una cierta extraña placidez la invade. El hombre carraspea para aclarar su voz: ¾por suerte aún nos estamos moviendo, parece que se trata sólo de una falla en la electricidad. Justamente cuando el ascensor de detiene con una vibración ensordecedora.  Automáticamente el aire deja de mover las cintas plásticas de la rejilla del techo, y un débil rayo azul chisporrotea por encima de sus cabezas.
Ella ríe forzadamente poco y husmea en el aire comprendiendo, sin necesidad de traducción, la ansiedad que el pobre macho forzadamente disimula. Aspira ese olor, harta de descifrar, cansada y sola en esa remota ciudad tan lejana a su tierra, carente del idioma que pudiera salvarla. El habitáculo del ascensor se le antoja una habitación de sótano, oscura y tibia, como el interior de un tarro cerrado.

(Su mente se da otra vez a la fuga, los recuerdos la acicatean…
Un puente perfecto. Perfecto por la contención espacial de cada uno de sus elementos: hombre, lobo, lámpara y ciudad… todas las representaciones son como una arteria que se eleva hasta ese cielo brumoso que pareciera envolver a la ciudad con sus ocres crepusculares.  Se estremece.
La escena le muestra a la perfección un diabólico ángel negro que la perturba con su mirada más allá de los límites de su forzada indiferencia.  Se puede imaginar hacia dónde va dirigida esa mirada no obstante encontrarla vaga,  perdida, melancólica.
Esa mirada errante, casi involuntaria y ese maldito ángel negro la obliga, con su mágica nostalgia, a observar más allá de lo tácito. De pronto el horizonte se le pierde, como se le pierde esa existencia.)

Vuelve a la realidad…¾No se preocupe- dice él, tratando de ser amable e infundirle seguridad. ¾No debe ser más que un desperfecto transitorio.

El sonido del timbre de alarma la altera.
¾No nos escucharán -dice ella.- haciendo oír su envolvente voz por primera vez. Eso era casi un deseo.
Había algo en su tono de voz que molestó al hombre. Algo casi malévolo.  Hubiese jurado haberle visto brillar un relámpago de jubilosa crueldad,  de manera que le sonrió apenas y se quedó en perfecto mutismo.
Ella comienza a sentir nuevamente la presión sobre sus hombros. La presión del cansancio de siglos. Sabe que todo es parte de la ceremonia. Conoce que aunque las cosas no son iguales en todas las oportunidades, una sensación similar la acomete siempre que está frente a un hombre…, a solas. 
Cuando vio venir a éste ejemplar antes de bajar la vista, antes de entrar en el ascensor, antes de que le hablara, se dijo: es demasiado principesco, demasiado moreno y serio. Demasiado vulnerable… ¿Por qué ha de ser él quien venga a tentarme?
Debería sentir que ahora está a la intemperie, expuesta, indecisa. Pero no lo siente, como si el ejercicio agotador que demanda sobrevivir la hubiera encerrado en un capullo de insensibilidad.

(Nuevamente el delirio la fustiga… ¿Importa la existencia de un horizonte?, ¿Qué observa ese ángel?, ¿Agua?...
Seguramente existe agua a los costados del puente. Ese puente que es perfecto casi puede contenerla a ella también… quiere cruzarlo, es curiosa.
Y ese lobo vigilante, poderoso e infranqueable ni siquiera puede defenderla de su propia curiosidad, ¿por qué? Si está tan cerca del barandal, ese lobo, ¿por qué no la ataca?
Sigue avanzando, el lobo permanece inmóvil detrás del hombre de traje negro. ¿Lo está protegiendo?, se pregunta. ¿lo protege de la nostalgia o de la ignorancia?...)

Entonces recuerda una noche de muchos años atrás… esa noche que hizo un largo camino para volver a su memoria.  Un camino de calor líquido y hediondo, de bolsas de basura destripadas y umbrales que se apagaban a su paso. Y a ella que silenciosamente envejecía en una larga noche eterna sin una vida de verdad,  sin la vida de un hombre que pudiera preservar.
Abrió los ojos, al menos le pareció que los abría para verlo mejor.  ¡Qué lástima! pensó, pero no se lo dijo a su compañero de encierro. De todos modos no la entendería. Así eran las cosas que prometían ser raras. El la vio meter la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sintió miedo. Miedo a que le pidiera algo más; algo más que sus palabras. Ella comenzó a sonreír para sus adentros, pensaba al mismo tiempo qué absurdamente divertido le resultaba saber que él se sentía en la obligación de protegerla, como si fuera un criado.
Sonrió con dulzura;  se le acercó dos pasos. Él la miró inquieto, su mirada le resultó perturbadora y al mismo tiempo subyugante.  Se paralizó. Pronto sintió la fría y viscosa mano de ella derramándosele, extendiéndosele por la cabeza, tocando su barbilla, bajándole por el cuello, por el  pecho, hasta clavársele en las entrañas. Ese éxtasis lujurioso lo hizo bramar. También oyó la risa contenida de alguien y se hundió, sin remedio, en una niebla voraz.

Ella se echó a reír, hambrienta, ésta vez sin reparos y sin poder evitarlo. Era maravilloso sentir una intimidad tan intensa con un ser humano desconocido.
Ahí estaban el lobo, el hombre, ignorándose, y al mismo tiempo reconociendo al maldito ángel negro más allá de la nada. Todos observándola una vez más. Compartiendo su transformación, su ansia, porque eran ella misma, porque ella los resumía y nada podía hacer para cambiar eso, lo sabía...

Comenzó a lamer lentamente el viscoso líquido agridulce que le empapaba la mano y corría por su brazo desde el pecho abierto del hombre. Dejó, a un costado, la masa aún latente del corazón para comérselo después.